Hay un momento que se repite, casi idéntico, varias veces por semana en mi consulta: alguien entra despacio, con una mano apoyada en la zona lumbar, y antes de sentarse me dice la misma frase que he oído miles de veces: «No sé qué me he hecho, pero esto ya no es normal.»
No lo es. Y casi siempre lleva meses, a veces años, conviviendo con ese dolor como quien convive con un ruido de fondo que ha decidido ignorar. Hasta que un día coger la compra, agacharse a atarse los zapatos o simplemente girar el cuello para aparcar el coche se convierte en un gesto que hay que pensar antes de hacer.
Llevo más de 20 años acompañando a personas en ese punto exacto: el momento en que el cuerpo empieza a poner límites que antes no existían.
La espalda no duele nunca por una sola razón, y esa es, precisamente, la parte del oficio que más me ha atrapado durante dos décadas. Dos personas pueden llegar con el mismo diagnóstico en un informe —una hernia discal, una lumbalgia crónica— y tener un origen completamente distinto: una postura sostenida durante años frente a un ordenador, una compensación muscular que arrastran desde una lesión antigua, una tensión emocional que se instala físicamente en el cuello y los hombros.
Soy José Prieto, fisioterapeuta colegiado n.º 2404, y desde hace más de 20 años mi trabajo consiste en algo muy concreto: no tratar el síntoma que se ve, sino encontrar la causa que se esconde detrás. Cervicalgias, dorsalgias, lumbalgias, hernias discales, ciática o el desgaste silencioso de las malas posturas acumuladas durante años; cada caso pide su propia lectura, su propia historia.
Si algo me han enseñado estas dos décadas es que el dolor de espalda rara vez avisa antes de instalarse. Empieza como una molestia menor, algo que «ya se pasará», y muchas veces se pasa… hasta la siguiente vez, un poco peor. He visto a pacientes que llegaban convencidos de que su única opción era aprender a vivir con el dolor, y he visto también lo que ocurre cuando alguien recibe, por fin, una explicación clara de por qué le duele y un plan concreto para dejar de arrastrarlo.
Ese es el cambio que busco en cada sesión: que la persona entienda su propio cuerpo, no solo que salga con el dolor calmado por un rato.
Cada consulta empieza con una valoración individual, sin atajos ni protocolos genéricos. Escucho, exploro, busco el origen real del problema y, a partir de ahí, diseño un tratamiento a medida. Combino terapia manual y ejercicio terapéutico con algo que considero igual de importante: educación sobre hábitos posturales y movimiento, para que lo que se gana en consulta no se pierda al día siguiente frente al ordenador o cargando la compra.
El objetivo nunca es solo apagar el dolor. Es entender por qué apareció, para que no vuelva.
Cada sesión incluye una valoración individual, una explicación clara del origen del problema, un tratamiento adaptado a tus necesidades y recomendaciones concretas para sostener la recuperación en el tiempo.
Al final, lo que casi todos mis pacientes buscan no es tan distinto: volver a agacharse sin calcular el movimiento, dormir una noche entera sin cambiar de postura cada hora, coger en brazos a un nieto o cargar una maleta sin ese pinchazo que ya conocen de memoria.
Si llevas tiempo arrastrando un dolor de espalda que «ya se ha convertido en normal», probablemente no lo es. Y con más de 20 años tratando columnas, sé por dónde empezar a buscar la causa.
Si buscas un fisioterapeuta con amplia experiencia en el tratamiento de la columna vertebral, estaré encantado de ayudarte a recuperar tu bienestar y volver a hacer tu vida con normalidad.
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